En sólo una semana, al menos 13 personas han muerto, en el este de India, a causa de la violencia religiosa.
Iglesias en llamas, monjas violadas y quemadas vivas, sacerdotes apaleados y apedreados hasta la muerte, fieles troceados a machetazos como carne de matadero. Es el sangriento saldo de la última ola de violencia protagonizada por el radicalismo hindú. En esta ocasión las víctimas no son musulmanes, sino cristianos, la mayoría católicos. La persecución sigue en curso en Orissa, estado al sur de Calcuta, donde la frenética actividad de los misioneros católicos y pastores protestantes (que han llevado a cabo miles de conversiones en los últimos años) ha desatado una nueva persecución religiosa en un país donde han convivido pacíficamente durante siglos decenas de cultos. El detonante de la matanza fue el asesinato de Swami Lakshmananda Saraswati, un gurú famoso por sus incendiarios discursos en contra de los misioneros, a quienes acusaba de orquestar un «diabólico proselitismo», una actividad por otra parte prohibida por las leyes de esta región desde finales de los 60. Tras las primeras investigaciones, la Policía culpabilizó del crimen a una guerrilla maoísta que actúa en la zona, pero los ideólogos de las milicias radicales decidieron canalizar las iras de la población contra los cristianos, a quienes llevaban tiempo amenazando en sus discursos.
El profesor Saurav Basu, cercano a los círculos fundamentalistas, llegó a justificar la violencia afirmando que los misioneros «trabajan codo con codo con los maoístas en contra del hinduismo» y promueven «el consumo de carne de vaca». Ahora, la Iglesia pide ayuda y asegura que se trata de una de las peores persecuciones de los últimos años. El Papa Benedicto XVI abrió su audiencia general el 27 de agosto exigiendo una intervención «contundente» del Gobierno indio. El obispo de Orissa, Raphael Cheenath, se refiere al nacionalismo hindú como un «cáncer violento».
La agencia de noticias de los misioneros católicos en Asia publica diariamente el saldo de los ataques, en su mayoría organizados por milicias radicales. El pasado lunes informaron de que una monja había sido quemada viva dentro del orfanato que dirigía. Otra de sus compañeras fue violada y golpeada hasta quedar inconsciente. El miércoles, un conocido exponente católico de Tiangia sucumbió a los machetazos y su cuerpo se encontró descuartizado en cientos de trozos. La Policía, se quejan los misioneros, llega cuando los edificios de las misiones ya están en llamas.
Autor: Ángel Villarino.
Fuente:
La Razón.
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